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Personajes

Buscar siempre la verdad

By noviembre 11, 2019enero 21st, 2020No Comments

Buscar siempre la verdad

 

Del Libro Almanaque Escuela Para Todos 2018


 

 

Hace mucho tiempo, en una ciudad de África dominada por el Imperio Romano, vivía Agustín, un muchachito que desde pequeño mostró su gran inteligencia. La madre de Agustín era cristiana, pero el padre no.

Como Agustín era muy inteligente, los padres le buscaron buenos maestros para que aprendiese a leer, escribir y hablar bien. Pero él a veces desobedecía a sus padres y maestros. No cumplía con las tareas.

Pero aunque era travieso, desde pequeño se mostró en él un espíritu inquieto que buscaba la verdad. Y aunque estudiaba poco, siempre se destacaba en el estudio.

En aquel tiempo el Imperio Romano se extendía por 3 continentes: Europa, Asia y África. Y el cristianismo no era la única religión del Imperio. Había varios grupos con creencias diferentes.

Agustín no estaba bautizado, y su madre quería que se hiciera cristiano. Le daba a leer las Sagradas Escrituras, pero a él no le gustaban porque estaban escritas con palabras muy sencillas.

A los diecinueve años se unió a un grupo que seguía las enseñanzas de un sabio llamado Mani. Se llamaban maniqueos, y querían reemplazar a todas las demás religiones. Creían que el mundo había sido creado por una lucha eterna entre el bien y el mal. Decían que cada ser humano tiene dos almas, una buena y una mala.

Mientras estuvo entre los maniqueos, Agustín buscó siempre los aplausos del público. Iba a concursos de discusiones, y muchas veces ganaba por ser tan inteligente. Le gustaban mucho el teatro y las diversiones.

La madre de Agustín sufría al saber que él andaba con esas compañías. Ella tenía miedo de que él nunca dejara esa religión que a ella le parecía supersticiosa y blasfema.

Pero Agustín hacía muchas preguntas, y los maniqueos no tenían respuestas. Por ejemplo, Agustín decía: Dios es bueno y todas las cosas las crea buenas. Pero entonces, ¿de dónde viene la maldad, de qué semilla nace? ¿Por qué hay maldad en el mundo?

Agustín se cansó de que los maniqueos no tuvieran respuestas a sus preguntas. A los 28 años decidió irse a Roma, la capital del Imperio. Su madre no quería que se fuera solo, y al poco tiempo se fue a buscarlo.

Agustín pasó por Roma y después se fue a otra ciudad que se llama Milán. Se ganaba la vida enseñando a jóvenes a hablar y razonar correctamente.

Un día le contaron la vida de un monje que a los veinte años regaló todo el dinero que tenía a los pobres y se fue a vivir a una cueva. Agustín quería hacer algo así. Sentía que las diversiones que disfrutaba con sus amigos ya no le atraían y tenía un vacío en su vida. Estaba muy triste porque se sentía incapaz de dar el paso hacia una vida más pura. Un día lloró en la soledad de su jardín.

Entonces oyó la voz suave de un niño o de una niña que decía: “Lee esto, lee esto”. Agustín no supo qué hacer, porque no vio a nadie. Pero, de pronto, corrió a una mesa donde había dejado un libro de las Epístolas de San Pablo. Lo abrió y leyó:

“Comportémonos con decencia, como a plena luz: nada de banquetes y borracheras, nada de vicios, nada de pleitos y envidias. Vivamos en el espíritu de nuestro señor Jesucristo”.

Agustín sintió como si le hubiera llegado un rayo de luz al corazón. A partir de entonces, fue otro Agustín. Recibió el bautismo y regresó a África, donde regaló todo lo que tenía a los pobres. Se hizo sacerdote y dedicó el resto de su vida a fortalecer a la Iglesia escribiendo muchísimos libros y discutiendo con todos aquellos que ponían en duda las enseñanzas de las Escrituras.

Dijo una vez: “No salgas fuera de ti. Entra en ti mismo. En tu interior es donde está la verdad”.

Sostuvo que la razón y la ciencia se pueden y se deben usar para iluminar la Fe cristiana. Comprendió que todas las cosas que existen son buenas porque son obra de Dios. Él dijo, dirigiéndose al Señor: “Así llegué a conocer claramente que todas las cosas que hiciste son bue nas, y que no hay ni una sola cosa en todo el mundo que Tú no hayas creado”.

Usando la razón, llegó a comprender que si todo ha sido creado bueno, las cosas malas son cosas que antes fueron buenas. Pero esas cosas buenas se han corrompido. El origen de la maldad está en la libre voluntad de las personas, que pueden elegir hacer el mal aunque Dios las haya creado buenas.

Sobre el amor a Dios y el amor al prójimo dijo una vez en un sermón: “Sin amor, el rico es pobre, y con amor el pobre es rico”.

Su madre, Santa Mónica, murió feliz por la conversión de su amado hijo. Agustín fue nombrado Obispo de Hipona, una ciudad del norte de África. Fue hecho Santo por la Iglesia y fue uno de los más importantes sabios cristianos. Las Sagradas Escrituras, que no le interesaron en su juventud, se transformaron para él en la fuente de verdades profundas.

Dejó muchos consejos, y algunos de ellos a la juventud:

“Deberías tener siempre presente que la obsesión por el dinero mata toda esperanza”.

“No seas demasiado duro en el castigo ni poco generoso en el perdón”.

“Trata de progresar siempre, no importa la edad ni la situación en que te encuentres”.

Su ejemplo y sus ideas siguen inspirando a muchos sacerdotes, monjas y personas de diferentes creencias y opiniones. Por ejemplo, la Orden de San Agustín se fundó en Italia hace unos 800 años. Está formada por hermanos, monjas y laicos. Se dedicaron mucho a la educación, y tienen muchas escuelas primarias y secundarias en todo el mundo. Tienen universidades en países como Colombia, Italia, Alemania y los Estados Unidos. Hay varias congregaciones y comunidades de hermanas agustinas de la Iglesia Anglicana, sobre todo en Inglaterra y los Estados Unidos.


Ver texto original del libro: