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Familia

Hay un tiempo para todo

By febrero 6, 2020No Comments

Hay un tiempo para todo
Y un momento bajo el cielo para hacer cada cosa

 

Del Libro Almanaque Escuela Para Todos 2005


Para Cecily Saunders trabajar con los enfermos era una manera de agradecer a Dios su fe.

        

Esas palabras de la Biblia encierran una gran verdad. Cecily Saunders lo sabía. Su fe y su deseo de servir a los demás fueron el alimento para no desfallecer en el camino.

Cecily Saunders era hija de una familia acomodada. Nació el 22 de junio de 1918, en Inglaterra. Sus padres querían que se dedicara a otra profesión pero ella decidió estudiar enfermería.

La palabra paliativo significa alivio. Por eso a las Clínicas del Dolor se les dice también de Cuidados Paliativos.

Cecily era una persona muy religiosa. Se sentía feliz de poder ayudar a los enfermos, de hacerlos sentirse mejor entregándoles siempre una sonrisa amable y cariñosa mientras los curaba. Sin embargo, su salud le falló. Padecía mucho de la espalda, y sus jefes le aconsejaron que era preferible que buscara otro trabajo. Entonces se graduó como trabajadora social pues de ese modo, también podría ayudar y estar cerca de los enfermos, que era lo que más deseaba.

Como trabajadora social tenía que visitar a los pacientes para conocer sus necesidades. Entre los casos que le tocó atender estaba el de David Tasma, quien padecía de un cáncer y vivía solo. Con el tiempo Cecily y David hicieron una hermosa amistad en la que cada uno aprendió del otro. Gracias a Cecily, David encontró el sentido de la vida y el de su enfermedad, y decidió ayudar a otros enfermos que estaban en sus mismas condiciones. Cecily vio la necesidad de tener un lugar para tratar a las personas que sufrían enfermedades que no tenían remedio. Había que aliviar de alguna manera ese sufrimiento.

Ella pensaba en algo que fuera más bien como un hogar en el que se le darían al enfermo los medicamentos y los cuidados médicos necesarios. Pero además, la persona debía ser tratada con amor y comprensión, brindándole el apoyo espiritual para que pudiera aceptar su enfermedad y su final de una manera distinta.

Comenzó a trabajar por las tardes y las noches como voluntaria en un hospital de personas pobres y moribundas pues creyó que así podía ir cambiando poco a poco la manera en que se trataba a los pacientes. Pero encontró muchas limitaciones. Y comprendió que para lograr lo que ella quería, tenía que llegar a ser médica.

El cariño también alivia el dolor.

Para ese entonces ya tenía 33 años, y pensó que las experiencias que había tenido con los enfermos le iban a ayudar mucho en su carrera. Había palpado el dolor y la angustia de los moribundos, que lo único que deseaban era morir en paz y sin dolor. Se graduó de médica en el año 1957, a los 40 años. Mientras estudiaba siguió trabajando como voluntaria.

Ya siendo médica trabajó y a la vez investigó mucho sobre los enfermos en fase terminal: hablaba con ellos, tomaba notas, llevaba un detallado control de los medicamentos que tomaban, de los síntomas que tenían y de sus necesidades. Muchas personas que la veían trabajar, quisieron seguir sus pasos.

Y su sueño se hizo realidad. En 1965, junto con un grupo de profesionales, abrió el Hospicio San Cristóbal. Ya tenía el lugar donde podía atender a los pacientes para ayudarles a entender la enfermedad, a no tener dolor y a enfrentar la muerte. Por otra parte, tenía la posibilidad de que los familiares de los enfermos tuvieran también apoyo y consuelo.

Dos años más tarde, Cecily y sus compañeros pensaron que los pacientes podrían tener el tratamiento médico y apoyo espiritual en sus propios hogares. En sus casas se sentirían mejor. Allí estarían rodeados de sus seres queridos, oyendo los ruidos que conocían, oliendo los olores a los que estaban acostumbrados, viendo todo lo que sus ojos habían visto a través de los años. Pero además, para los familiares sería un gran alivio estar cerca del enfermo y poder contar con un grupo de personas que les ayudaran a comprender y a aceptar la muerte. Entonces los médicos, las enfermeras, los pastores y sacerdotes, y todo el personal de apoyo del Hospicio, salieron a visitar las casas de los enfermos.

Las Clínicas del Dolor llegan a atender al enfermo en su propia casa.

Con el pasar del tiempo se abrieron otros centros como ese en Europa y en América. En esos centros se atiende a los enfermos, se les hacen los exámenes que necesitan y se les dan las medicinas. Pero el seguimiento de la enfermedad y el apoyo espiritual se les da en sus casas. En nuestras tierras hay centros en Panamá, en Costa Rica y en México, y se espera que muy pronto existan también en los demás países. Se les conoce como Clínicas del Dolor y Cuidados Paliativos.

En esas clínicas no se lucha contra la muerte, que también es parte de la vida de todas las criaturas. Lo que se trata de hacer es que el enfermo terminal no tenga dolor y que tanto él como sus familiares puedan aceptar que todo tiene un final. Que el tiempo que queda sirva para despedirse, para poner las cosas en orden, para pedir perdón si se tiene que pedir, para decirse cuánto se aman. Y así todos juntos podrán sentir paz dentro de sus corazones cuando llegue la hora de emprender el viaje hacia los brazos del Padre.


Ver texto original del libro: