La pared

(Cuento)

 

Del Libro Escuela para Todos 2018

 

Siempre que los nietos del tío Rabosa se encontraban con los hijos de la viuda de Casporra en la huerta o en las calles del pueblo de Campanar, todo el vecindario lo comentaba. ¡Se habían mirado!… ¡Se insultaban con el gesto!… Aquello acabaría mal, y el día menos pensado el pueblo sufriría un nuevo disgusto.

 

El alcalde, con los vecinos más notables, predicaba paz a los muchachos de las dos familias enemigas. Y allá iba el cura, un anciano de Dios, de una casa a otra recomendando el olvido de las ofensas.

 

Después de treinta años de lucha, en casa de los Casporras sólo quedaba una viuda con tres hijos mocetones que parecían torres de músculos. En la otra estaba el tío Rabosa, con sus ochenta años, inmóvil en un sillón, con las piernas muertas por la parálisis, y ante él sus dos nietos juraban defender el prestigio de la familia.

 

Pero los tiempos eran otros. Ya no era posible agarrarse a tiros, como sus padres, en plena plaza, a la salida de la misa mayor. La policía no los perdía de vista; los vecinos los vigilaban, y bastaba que uno de ellos se detuviera algunos minutos en una esquina para verse al momento rodeado de gente que le aconsejaba la paz. Cansados de esta vigilancia, Casporras y Rabosas acabaron por no buscarse, y hasta se apartaban cuando la casualidad los ponía frente a frente.

 

Tal fue su deseo de aislarse y no verse, que les pareció baja la pared que separaba sus corrales. Las gallinas de unos y otros, escalando los montones de leña, se juntaban en lo alto de la pared. Las mujeres de las dos casas cambiaban desde las ventanas gestos de desprecio. Aquello era insoportable, porque era como vivir en familia, y la viuda de Casporra hizo que sus hijos levantaran la pared una vara. Los Rabosa se apresuraron a manifestar su desprecio con piedra y argamasa, y añadieron algunos palmos más a la pared. Y así, la pared fue subiendo y subiendo. Ya no se veían las ventanas. Poco después no se veían los tejados. A las pobres aves del corral, la sombra de aquel paredón les ocultaba parte del cielo, y sus cacareos sonaban tristes y apagados a través de aquel muro, monumento del odio, que parecía amasado con los huesos y la sangre de los muertos.

 

Una tarde sonaron las campanas del pueblo. Ardía la casa del tío Rabosa. Los nietos estaban en la huerta; la mujer de uno de éstos, en el lavadero, y por las rendijas de puertas y ventanas salía un humo denso de paja quemada.

 

–¡El abuelo! ¡El pobre abuelo! –gritaba la mujer.

Adentro, en aquel infierno que rugía, estaba el abuelo, el pobre tío Rabosa, inmóvil en su sillón. La gente se había juntado en la calle, asustada por la fuerza del incendio. Algunos, más valientes, abrieron la puerta, pero retrocedieron ante la bocanada de humo cargada de chispas que se esparció por la calle.

 

En eso, tres muchachos entraron corriendo en la casa incendiada. Eran los Casporras. La multitud los aplaudió al verlos reaparecer llevando en alto, como a un santo, al tío Rabosa en su sillón. Abandonaron al viejo sin mirarle siquiera, y otra vez adentro.

 

–¡No, no! –gritaba la gente. Pero ellos sonreían, siguiendo adelante. Iban a salvar algo de las cosas de sus enemigos. Si los nietos del tío Rabosa estuvieran allí ni se habrían movido ellos de casa. Pero sólo se trataba de un pobre viejo al que debían proteger, como hombres de corazón. Y la gente los veía tan pronto en la calle como dentro de la casa, buceando en el humo, sacudiéndose las chispas como demonios, arrojando muebles y sacos para volver a meterse entre las llamas.

 

Lanzó un grito la multitud al ver a los dos hermanos mayores sacando al menor en brazos. Una viga, al caer, le había roto una pierna.

 

–¡Pronto, una silla! La gente, apurada, arrancó al viejo Rabosa de su sillón para sentar al herido.

 

El muchacho, con el pelo chamuscado y la cara ahumada, sonreía ocultando los agudos dolores que le hacían fruncir los labios. Sintió que unas manos trémulas, ásperas con las escamas de la vejez, oprimían las suyas.

–¡Hijo mío! ¡Hijo mío! –gemía la voz del tío Rabosa, quien se arrastraba hacia él.

 

Y antes que el pobre muchacho pudiera evitarlo, el paralítico buscó con su boca desdentada y profunda las manos que tenía agarradas y las besó, las besó muchas veces, bañándolas con lágrimas.

 

Ardió toda la casa. Y cuando los albañiles fueron llamados para construir otra, los nietos del tío Rabosa no los dejaron comenzar por la limpia del terreno cubierto de negros escombros. Antes tenían que hacer un trabajo más urgente: derribar la pared maldita. Y, empuñando el pico, ellos dieron los primeros golpes.

 


Este cuento está basado en una obra del escritor español Vicente Blasco Ibáñez, nacido en Valencia, España, en 1867 y muerto en Menton, Francia, en 1928.