Leyendas 

Del Libro Escuela para Todos 1992

 

 

LA LEYENDA DE LA LLORONA

Cuenta esta leyenda que hace muchos años vivió una joven llamada Tulira, hija del cacique Quezaro. Tulira cautivaba los corazones con su belleza. Y también cautivó el corazón de Juan, un joven español. Juan le hizo saber a Quezaro el amor que sentía por su hija. Él le respondió que Tulira estaba prometida a otro cacique desde que era muy niña. Y por más que Tulira lloró y suplicó, su padre le dijo que tenía que cumplir su palabra y prohibió a los jóvenes que se volvieran a ver.

Pero ellos se siguieron reuniendo a escondidas en un claro del bosque. Pasó más de un año, pero una noche los encontró Quezaro. Lleno de furia alzó su lanza y le dijo a Juan que se defendiera. Tulira le rogó que lo perdonara, pues se amaban de verdad. Y le confesó que tenían un hijo, al que mantenían oculto. Quezaro le respondió que ya lo sabía y que acababa de ordenar que lanzaran el niño a la catarata. Luego le dijo a Tulira: “Vivirás miles de años llorando tu desgracia y te escucharán las hijas que desobedezcan a sus padres”.

Juan sacó su espada y Quezaro se lanzó contra él. En la lucha los dos cayeron muertos. Tulira huyó llorando y gritando. Había enloquecido. Cuenta la leyenda que las personas que viajan de noche creen oír a Tulira por las orillas de los ríos, llamando a su hijo y llorando su desgracia.

 

 

 

LA LEYENDA DEL PADRE SIN CABEZA

Esta leyenda cuenta que en un lugar de Costa Rica llamado Patarrá vivió en tiempos pasados un señor llamado Juan. Era el viejo más alegre del pueblo, parrandero y bebedor. Un sábado muy temprano salió en su yegua para la ciudad. Hizo las compras como de costumbre y entre una cosa y otra aprovechó para echarse un buen trago.

Llegando a Patarrá tenía que pasar por “La Calle del Cura”. La gente le tenía miedo a ese lugar pues decían que allí asustaban. Pero don Juan era un hombre sin miedo. Y las copas que llevaba entre pecho y espalda le daban más valor. Ya de noche, al acercarse a la plaza vio una ermita. Creyó estar soñando, pues no recordaba haberla visto antes. En eso las campanas repicaron llamando a misa. Y como era un hombre piadoso entró. El padre estaba de espaldas inclinado sobre el altar.

Pero cuando se volteó, don Juan vio con espanto que no tenía cabeza. Salió corriendo como loco y allí cerca quedó tendido. Al día siguiente lo encontraron y lo llevaron a su casa. Durante varios días no volvió en sí. Cuando pudo contar lo sucedido nadie volvió a pasar a deshoras por aquella calle y mucho menos don Juan, que cuando iba a la ciudad regresaba tempranito. Han pasado muchos años de esta historia, pero ahí el camino aún se llama la “Calle del Cura sin Cabeza”.

 

 

 

LA LEYENDA DEL MICO BRUJO

En todo Centroamérica se conoce la leyenda del “Mico Brujo”. En algunas partes también le dicen la Mono-.

Decían nuestros antepasados que había unas mujeres que a las once de la noche se daban tres volantines para atrás y luego tres para adelante; que estas mujeres tenían un guacal blanco y que a la última voltereta vomitaban el alma en el guacal. Ya sin alma, tomaban figura de monos o micos y se dedicaban a hacer “diabluras”.

Y así, estas brujas, acompañadas de la oscuridad de la noche, se trepaban a los árboles y tiraban frutas a la gente. Se subían a los techos de las casas, saltando de un lugar a otro y arrojando pedradas contra las piedras de la calle. Muchas personas han tratado de agarrar y matar a la mona o al mico, pero de nada les sirve, pues cuando ya están cerca y creen tenerlo acorralado se les esfuma como por encanto.

También contaban nuestros antepasados que esas mujeres podían convertirse en chanchas grandes, negras y llenas de lodo.

Apenas veían a la persona “señalada”, aligeraban su trote y comenzaban a gruñir. Embestían furiosamente a la persona y le daban trompadas y mordiscos en las piernas hasta derribarla y hacerle perder el conocimiento. Al día siguiente, la víctima amanecía molida y mordida, y con los bolsillos vacíos.

 

 

 

LA LEYENDA DEL MANDADOR Y EL CHINGO NEGRO

Dicen que hace muchísimos años, en una hacienda de Guanacaste, Costa Rica, había un mondador que no creía en nada. Un Viernes Santo llamó a los sabaneros para ir a recoger un ganado. Como ellos le tenían gran respeto a la Semana Santa le hicieron ver que no era correcto trabajar en un día tan sagrado. Le dijeron que si él daba la orden, él sería el responsable de lo que sucediera.

Ya habían recogido el ganado cuando vieron a lo lejos un toro negro y chingo que nadie había visto antes. El mandador dijo que él personalmente lo iba a traer. Los sabaneros le rogaron que no fuera. Que aquel animal no era cosa buena. Pero él, tratándolos de cobardes, se fue detrás del toro. Al caer la tarde aún no había regresado. Los hombres volvieron a la hacienda esperando verlo aparecer al día siguiente. Pero el mondador nunca regresó. En opinión de aquellos sabaneros, el diablo, en forma de chingo negro, se lo había llevado para siempre.

La gente de aquella zona asegura que de vez en cuando se oye al mondador persiguiendo al toro chingo que nunca logró alcanzar. Dicen que el Viernes Santo, como a las 3 de la tarde, se ven pasar dos sombras que se adentran en la montaña. Y que se escucha el grito de un sabanero que corre ganado y el mugido de un toro.

 

 

 

LA LEYENDA DE LA CARRETA SIN BUEYES

Cuentan que hace años vivió un hombre sin fe, a quien todos llamaban Pedro el Malo. Para un 15 de mayo, fiesta de San Isidro Labrador, mucha gente llegó al pueblo para la bendición de carretas. Pedro también llevó su carreta. Pero llevaba malas intenciones. La paró muy cerca de la puerta de la iglesia, lejos de las otras carretas. Cuando el sacerdote le pidió que la alineara con las demás, Pedro le respondió que no la había llevado para que la bendijera, pues ya estaba bendecida por el diablo.

Y de seguido, hincando los bueyes sin piedad, intentó entrar a la iglesia con todo y carreta. Pero los bueyes se resistieron a entrar. Más bien lograron zafarse del yugo y la carreta salió calle abajo con todo y Pedro. Entonces el sacerdote le dijo: “Andarás con tu carreta por toda la eternidad”. A los bueyes los salvó de la maldición, porque se negaron a entrar a la iglesia. Cuenta la leyenda que desde entonces la carreta sin bueyes, la bendecida por el diablo, anda sola, sin bueyes que la conduzcan, causando espanto por donde se oye el traca, taca, tarata que hacen sus ruedas de madera.

Los abuelos contaban que la carreta sin bueyes pasa por los pueblos donde no hay amor ni armonía entre sus habitantes.

 

 

 

LA LEYENDA DE LA SEGUA

Hay varias leyendas de la Segua. Una de ellas cuenta que es una joven muy linda, que persigue a los hombres mujeriegos para castigarlos. Se aparece de pronto en el camino pidiendo que el jinete la lleve en su caballo, pues va para el pueblo más cercano. Y dicen que ningún hombre se resiste a su ruego. Hay quienes le ofrecen la delantera de la montura y otros la llevan a la polca. Para ella es lo mismo.

Pero a medio camino, si va adelante vuelve la cabeza y si va atrás hace que el jinete la vuelva. Entonces aquella hermosa mujer ya no es ella. Su cara es como la calavera de un caballo, sus ojos echan fuego y enseña unos dientes muy grandes, al mismo tiempo que se sujeta como fierro al jinete. Y el caballo, como si se diera cuenta de lo que lleva encima, arranca a correr como loco, sin que nada lo pueda detener.

Otras leyendas cuentan que las Seguas son varias. Y no faltan ancianos que aseguren que cuando ellos eran jóvenes atraparon a una Segua. Pero que una vez atrapada y hecha prisionera se les murió de vergüenza. Y que al día siguiente no encontraron el cadáver, sino solamente un montón de hojas de guarumo, mechas de cabuya y cáscaras de plátano.

 

LA LEYENDA DE LA IGLESIA VIEJA

En el pueblo de San Dionisio, que se encuentra hacia el Sur de la ciudad de Usulután, El Salvador, hay un lugar llamado “La Iglesia Vieja”. Cuando los españoles llegaron a nuestras tierras ese lugar se conocía con el nombre de Uceluclan, que en lengua indígena quiere decir ” lugar de tigres”. Cuentan que los españoles fundaron allí un pueblo y construyeron una iglesia. Pero que un día en que se estaba celebrando misa, la iglesia se hundió totalmente. Algunas personas opinan que la causa del desastre fue que la iglesia estaba muy cerca del mar y allí la tierra es muy floja. Y como la iglesia pesaba mucho, el terreno se fue hundiendo.

Lo cierto es que la gente se llenó de miedo. Y como además los piratas atacaban muchos pueblos de la costa y arrasaban con todo, decidieron abandonar sus hogares y se internaron más al Norte. Allí fundaron una nueva ciudad a orillas del Río Chiquito, a la que dieron el nombre de Usulután. Pero cuentan que todos los años, para el Miércoles Santo y el Sábado de Gloria, a la hora en que se celebraba la misa, se oye un repiqueteo de campanas que se va alejando del pueblo y se acerca al propio lugar en donde se hundió la iglesia de los primeros usuluclanes.

 

 

 

LA LEYENDA DEL DUEÑO DEL MONTE

Cuenta la leyenda que el Dueño del Monte es el alma en pena de un cazador a quien nada ni nadie detenía. Su único gusto era ir de cacería y matar a cuanto animal se le pusiera por delante. Dicen que cuando este hombre murió, no encontró el perdón. Pero a ruego de San Francisco de Asís, Dios le permitió volver al mundo a pagar sus culpas. Por eso ahora defiende a los animales de la persecución de los hombres. También los protege asustándolos para que salgan huyendo cuando están a punto de ser alcanzados por la bala o la flecha.

Nuestros abuelos aconsejaban que cuando se iba de cacería, había que llevar un puñado de tabaco. Decían que el Dueño del Monte le gusta mucho mascar tabaco. Con eso se lograba distraerlo. Aún hoy en día algunos cazadores acostumbran dejar puñitos de tabaco al pie del tronco de los árboles, con la esperanza de que el Dueño del Monte se distraiga recogiéndolos mientras ellos cazan sus presas. Pues dicen que de lo contrario la cacería puede ser un fracaso.

Un señor cuenta que una vez que andaba de cacería tuvo que dormir en el monte. Al amanecer vio con gran asombro el rifle con un nudo en el cañón, como si estuviera hecho de mecate en vez de hierro.

 

 

 

LA LEYENDA DEL CADEJOS

Los que conocen bien la leyenda del Cadejos aseguran que no es un animal bravo ni sanguinario; ni siquiera bullanguero.

Jamás ha atacado a los hombres ni hace mal a nadie. Dicen que el Cadejos fue un hijo desobediente. El muchacho pasaba casi todas las noches en fiestas y desórdenes. De nada valían los ruegos, súplicas y regaños del papá. El muchacho era obstinado. Una noche en que se fue de parranda, no volvió a la casa por varios días. El papá estaba tan disgustado que cuando el muchacho regresó lo miró con ojos de furia y centellantes. Y aquella mirada encendió el mismo fuego en los ojos del hijo. El papá le pidió una explicación, pero el muchacho estaba mudo, paralizado. Entonces el papá le ordenó que se quitara de su vista para siempre.

Cuentan que aquel muchacho se convirtió en el Cadejos, un animal igual a un perro, con el pelo largo y los ojos encendidos. Por la noche sigue a los trasnochadores. Siempre guarda la misma distancia detrás del caminante. Si se intenta forzarlo a pelear, desaparece. Luego el Cadejos vuelve a seguir al hombre a la misma distancia, con sus ojos encendidos. Dicen que ni las balas ni los machetazos son efectivos contra el Cadejos, pues nada le hacen. Por eso aparece siempre donde quiera que haya una persona desobediente.

 

 

 

LA LEYENDA DE LOS DUENDES

Esta leyenda nació en un país de Europa que se llama Irlanda, pero desde hace muchos años llegó a nuestras tierras. Dice esta leyenda que los duendes son unos hombrecitos muy pequeños y de orejas puntiagudas. Les gusta vestir con ropas muy lujosas y de colores muy brillantes, especialmente azul, rojo y amarillo. Viven en cuevas que encuentran en el monte o en las gambas de los higuerones. Pero son muy andariegos. Recorren cafetales, montañas y caminos desolados, sin importarles que sea de noche o de día. También se les ve en los ríos, brincando de piedra en piedra. Se ríen a carcajadas y hablan un idioma que sólo ellos entienden.

Cuentan que a los duendes les gusta llevarse a los niños lejos de sus casas, para jugar con ellos. Primero tratan de engañarlos con confites o juguetes. Pero si no lo consiguen se los llevan a la fuerza. Parece que se llevan a los niños cuando los padres son muy descuidados con ellos y los tratan mal. Que lo hacen para que los padres escarmienten. Dicen que algunas veces devuelven al niño dejándolo en un potrero y que se quedan cuidándolo hasta que pase alguien que lo lleve de vuelta a su casa. Pero que otras veces, cuando saben que el niño va a ser más feliz con ellos que con sus padres, no lo devuelven.

 

 

 

LA LEYENDA DE LA SIHUANABA

En todas las regiones de Honduras se cuenta la leyenda de la Sihuanaba, conocida también con los nombres de la Xtabay y la Sucia. Unos dicen que en las noches de Luna se la ve aporreando trapos en las quebradas o peinando sus largos cabellos sentada en una piedra, mientras canta con dulce voz. Otros dicen que cuando sale el lucero del alba se la ve saltando las cercas de los maizales para ir al encuentro de los que acuden de madrugada al trabajo. Pero todos dicen que la Sihuanaba se aparece únicamente a los hombres que van solos. Cuando se aparece invita al hombre a seguirla con movimientos de cabeza. Nadie que se le haya acercado bastante puede resistir el encanto de su belleza. Quien la siga no volverá.

Los antiguos habitantes de Olancho contaban que la Sihuanaba fue una princesa maya muy bella, a quien querían obligar a casarse con un cacique del Ulúa. Pero ella no lo quería porque estaba enamorada del señor de Naco. Entonces, antes de casarse con otro, prefirió acabar con su vida lanzándose al fondo de la laguna de Ticamaya. Y de allí sale todas las noches en busca de su amado. Pero amargada por los sufrimientos que padeció por culpa de los hombres, los atrae para destruirlos.

 

 

 

LA LEYENDA DEL JILGUERILLO

Cuenta la leyenda que hace cientos de años una tribu indígena se estableció en la zona Atlántica de nuestras tierras. Entre ellos había un guerrero muy cruel llamado Batsu. Un buen día Batsu decidió buscar esposa y escogió a Jilgue, una hermosa joven que acostumbraba pasear por el bosque cantando como un pajarillo. Cuando Jilgue se enteró de las intenciones de Batsu huyó a esconderse en el bosque.

Batsu estalló en cólera cuando supo que la joven había desaparecido y mandó a sus guerreros a buscarla. Al poco andar escucharon el canto de Jilgue. Pero cada vez que se acercaban al sitio de donde venía el canto, Jilgue había desaparecido. Entonces Batsu mandó a quemar el bosque. Cuando las llamas comenzaban a levantarse le gritó a Jilgue que si salía podía salvarse. Ella le respondió que prefería la muerte. El fuego se hacía cada vez más fuerte. De pronto vieron cómo Jilgue cayó al suelo y agonizó. Pero un pajarillo color ceniza, con el pico y las patas rojas, comenzó a cantar sobre sus cabezas. No era el canto de un pájaro, era la voz de Jilgue, que desde entonces se sigue escuchando en el canto de los jilgueros que hoy pueblan los bosques de nuestras tierras.